De la batalla dels llaços grocs, nosaltres en sortirem perdent

Per a qualsevol que aquests dies escolti o llegeixi un dels grans mitjans de comunicació, d’aquells que incideixen en l’opinió de milions de persones, és impossible no sentir parlar dels llaços grocs. De qui en posa i de qui entreu. Òbviament, com tot símbol, un, dos… milers de llaços grocs amaguen un significat. I, de la mateixa manera, qui els treu amb la seva acció persegueix el mateix, simbolitzar una altra proposta política. Jo no vull parlar d’això, ara mateix. Ja hi ha altra gent que ho fa i, a banda, el processisme no és el meu terreny d’acció política. Amb tot, penso que d’aquest conflicte, en gran mesura simbòlic, nosaltres hi sortirem perdent.

Podria dir que hi perdrem perquè, tal i com s’ha dissenyat, aquesta batalla se centra en confrontar relats de la realitat, símbols, i no tant accions reals. De fet, gran part de la política actual gira al voltant d’aquest tipus d’escenificació. Qui vivim a Catalunya coneixem com el Procés, i qui l’ha construït, ho ha sabut fer de manera magistral. Tota la teatralització de l’exhumació de Franco per part d’un govern que essencialment manté la política econòmica dels darrers anys (i que consolida retallades, pèrdua de drets i empobriment de la classe treballadora) n’és també un exemple. Per desgràcia, també des dels sectors antagonistes en ocasions caiem en el fetitxe d’uns símbols i unes proclames que tapen una realitat de lluita força més pobra. No, no em refereixo a aquesta manera de fer política-símbol que amaga una realitat diferent.

En els grans mitjans de comunicació la polèmica sobre els llaços grocs s’està centrant en la metodologia. Qui els defensen, critiquen la forma en com qui els treu ho fa, per exemple a la nit i encaputxats. Qui els critica, argumenten que posar-los suposa polititzar un espai públic que suposadament hauria de ser “neutral” (suposo que es refereixen a la seva neutralitat). Els arguments d’uns i altres acaben coincidint quan plantegen que des de les administracions, la policia i la judicatura s’ha d’intervenir per dirimir l’ús d’aquest espai públic i perseguir determinades conductes. I aquí, el llindar d’allò que és intolerable esdevé preocupadament restrictiu. No és acceptable encaputxar-se per treure (o, podria ser ben bé posar) llaços. No és tolerable omplir un espai de contingut polític. Etcètera. Si ens hi fixem, el conflicte s’acaba articulant entorn com i qui pot fer una acció en darrera instància política, i no en el contingut o el que defensa l’acció política en ella mateixa. I, em temo, en aquest aspecte en els dos pols d’aquest conflicte hegemònics en els grans mitjans hi ha una certa coincidència: ho poden fer les institucions (ajuntaments sobiranistes per una banda, jutges i lleis per l’altra) i aquells a qui aquestes habilitin per fer-ho. No ho poden fer la resta.

caputxes

És a qui on a nosaltres ens derroten. Quan s’assimila a violència el fet de pujar a un balcó i posar o treure una pancarta, hi perdem. Quan es penalitza una acció pel fet de qui la fa s’encaputxa, hi perdem. En definitiva, es criminalitza l’acció directa. Aquella acció política feta sense permís de qui, en l’estatus quo actual, el pot donar, siguin ajuntaments, governs, jutges o policies. En temo que en aquest escenari, com passa amb la banca en molts jocs, l’estat hi guanya.  I quan tot plegat es normalitzi, qui n’haurà sortit amb la seva capacitat d’acció col·lectiva erosionada som nosaltres. En les diferents barricades i lluites socials i sindicals.

Diria que la denominada Transició democràtica es va acabar construint una mica així i que ara es busca recuperar el monopoli institucional de la política. Compte, doncs, com ens posicionem i com argumentem, no fos cas que acabem ajudant a emmordassant-nos en un futur ben immediat.

photo_2017_04_19_11_31_05

Anuncis

El anarcosindicalismo en la encrucijada

Hay momentos en la vida en que tomar una dirección u otra condiciona todo lo que vendrá después, con marchas atrás prácticamente imposibles. En el plano personal, todas y todos somos producto de diversas situaciones de este tipo. Y en el colectivo, en aquel en el que somos seres sociales, también. Pienso que actualmente el anarcosindicalimo se encuentra en una coyuntura de este tipo. Sin duda no es la primera que atravesamos a lo largo de nuestra historia como movimiento social de la clase trabajadora (porque, no lo olvidemos, eso es precisamente el sindicalismo), pero su desenlace determinará de forma contundente nuestro futuro.

encrucijada-1

A nadie se les escapa que en las últimas décadas el anarcosindicalismo ha experimentado un progresivo crecimiento. En términos de gente que participa en las diversas organizaciones que conforman este espacio y especialmente en su presencia en las luchas y en los diversos espacios sociales y de confrontación al estatus quo. En el plano sindical, a nivel de lucha y de capacidad abrir frentes de lucha contra el capital, el anarcosindicalismo está teniendo la capacidad de cuestionar el monopolio sindical que el Régimen del 78 otorgó, de forma premeditada y bien planificada, a CCOO y UGT. Sin duda las organizaciones anarcosindicalistas tienen muchos menos afiliados y afiliadas que los que ostentan, al menos nominalmente, las centrales CCOO y UGT, corporaciones que siguen controlando la gran mayoría de los delegados/as. Sin embargo, más allá de esta representación institucional, la realidad es que ya sea en número de huelgas y otros conflictos, en su seguimiento y contundencia, e incluso en victorias, el anarcosinsicalismo tiene una presencia cada vez más relevante que en ocasiones eclipsa a los “sindicatos” del régimen.

Sin embargo, en paralelo están aflorando algunos riesgos y dinámicas que amenazan el movimiento que, por ahora, es la principal herramienta de lucha que tenemos la clase trabajadora del conjunto del Estado español. Para no hacer muy largo este texto, aquí voy a tratar únicamente dos. El primero el riesgo de la jerarquización del anarcosindicalismo y el segundo el de pérdida de autonomía de su apuesta sindical. En mi opinión, en ambos casos si eso sucediera conllevaría la muerte de la alternativa que el anarcosindialismo pretende construir.

En diversas organizaciones y espacios de dentro del anarcosindicalismo en los últimos tiempos se pueden apreciar dinámicas que, como mínimo en algunos aspectos, son autoritarias. Es cierto que a veces se trata de fenómenos puntuales y que se han podido corregir, pero en otros casos parecen consolidarse y perpetuarse un poco más en el tiempo. Indicios hay muchos. Uno podría ser el hecho de que los debates se ganan y, por extensión, hay quien los pierde. Debates que pueden tener diversas formas, desde los congresos y plenos de sindicatos hasta discusiones en espacios más informales. Plantearse un debate como una arena donde se gana o se pierde conlleva mutilar la participación de los y las compañeras en plano de igualdad, pues de lo que se trata es de sumar el máximo de apoyos. Atrás queda la libre confrontación de ideas y planteamientos donde, además, cada uno/una de nosotras puede acabar dándose cuenta de que otro compañero/a puede plantear cosas llenas de sentido que nos lleven a enriquecer o incluso a modificar nuestras posiciones. La suma de apoyos para ganar, además, genera una dinámica de mercadeo de favores, de clientelismo, que para nada encaja en lo que deberían ser las organizaciones libertarias.

vectorstock_158548

Otra cara del mismo fenómeno es la limitación de los espacios de debate. Preservar las organizaciones es algo importante, yo diría que imprescindible para poder mantener o incrementar nuestra fuerza y capacidad de confrontación al estado y al capital. Pero esta salvaguarda de las organizaciones debe hacerse en todo momento asumiendo que las personas que las conforman, que son compañeras y compañeros, participan en ellas libremente a partir del convencimiento y del conocimiento. Conocimiento de lo que es y hace la propia organización y convencimiento de lo que se quiere ir y el recorrido que se quiere emprender. De ahí las asambleas y los procesos de decisión construidos abajo y trasladados hacia arriba. Recientemente estamos asistiendo a demasiados casos de negación del debate, como si en sí mismo fuera algo que pusiera en riesgo el mantenimiento de la propia organización, cuando precisamente se trata de lo contrario.

Y esto abre la puerta a la tercera pata de este proceso: la especialización de la toma de decisiones en aquella pequeña parte de compañeros y compañeras que sí accede a la información. Con el tiempo y por reiteración del proceso surge un aparato en organizaciones libertarias. Algo que, en teoría, debería ser un anatema acaba consolidándose y adquiriendo cada vez más peso en el día a día de la organización. Cuando este mismo aparato, además de un monopolio de la información, ejerce su capacidad para decidir qué se debate y qué no, el proceso de jerarquización de algo que en teoría debería ser horizontal ya ha dado un salto cualitativo importante. No es nada sorprendente que, en este tipo de contextos, la participación caiga en picado puesto que puede acabar asimilándose a una simple validación de las decisiones tomados por este mismo aparato.

Un creciente autoritarismo y jerarquización en el sindicalismo, también en el anarcosindicalismo, lleva una progresiva presencia de la delegación. Los y las afiliadas, que en teoría deberían poder ser activas en el día a día de la organización, se acostumbran a delegar en aquellos y aquellas que tienen poder para decidir su propia capacidad de actuar. No me refiero específicamente a la participación de algunas organizaciones anarcosindicalistas en los comités de empresa, hablo de la delegación “informal” o a veces bajo una forma “orgánica” que se consolida en espacios de algunos de los sindicatos libertarios. Entrar en esa rueda acaba conllevando que premisas como “si tú luchas, tú decides” dejen de ser reales puesto que para luchar uno/a tiene que poder ser protagonista de la propia definición del conflicto.

De hecho, una organización que poco a poco se va construyendo a imagen y semejanza de la sociedad gobernada por el estado que pretende combatir, queda despojada de su potencial de confrontación. El anarquismo, y el mundo libertario en general, eso lo ha tenido claro siempre y este ha sido uno de los aspectos que nos ha distinguido de tradiciones leninistas. No podemos construir un mundo nuevo con los patrones que definen el viejo. En otros términos, se corre el riesgo también de reproducir unas prácticas plenamente integradas en el sindicalismo de la delegación edificado durante la Transición bajo un discurso, en lo aparente, de ruptura. Caer en eso supone un fraude para nosotros mismos/as.

Quien me conoce sabe que últimamente he vivido situaciones de este tipo más o menos de cerca. No me considero una persona naif ni que ande con un lirio en la mano. Sin embargo, pienso que en algunos espacios del anarcosindicalismo debemos plantearnos urgentemente cómo queremos ser y si hemos caído en algunas de las dinámicas que he mencionado. Tenemos que poderlo hacer colectivamente, sin jefes ni sin delegar en otros/as el afrontar estos problemas. Priorizando el contenido de las palabras por encima del volumen de la voz y, especialmente, el escuchar que el acaparar el habla. Como quien se encuentra en una encrucijada, el camino que escojamos nos condicionará el futuro y puede decidir si el anarcosindicalismo pasa a ser, únicamente, una bonita palabra. Y no estamos aquí para eso.

El somni institucional crea monstres (i no només la investidura del Quim Torra)

Hi ha diverses motivacions per participar a les institucions des d’això que, de manera genèrica, s’anomena l’esquerra. Una és el convenciment que, des de les institucions, es pot gestionar la realitat. Allò del “asalto a los cielos”. Com us podeu imaginar, aquesta ni me la crec ni m’interessa. Una altra és la creença que el joc institucional pot enfortir els moviments socials i l’activisme de fora, del carrer, dels barris i pobles, dels llocs de treball, etc. Una tercera deriva de considerar que la millor manera de destruir l’enemic, que és o està a les institucions, és des de dins. I finalment, la darrera, pot considerar que no ens queda altra que entrar-hi, malgrat ser conscient que no és el nostre escenari.

Tot i que tampoc m’hi sento especialment interpel·lat, els supòsits que van del dos al quatre ens plantegen escenaris més propers que el primer. El municipalisme alternatiu des de fa anys veiem que plantegen alguns sectors dels moviments socials en pot ser un exemple. Algú podria dir que allò d’anar als comitès d’empresa per a buidar-los de continguts en seria un altre, tot i que la rellevància pública d’aquest àmbit institucional és molt menor que el dels ajuntaments. I segur que ens ve al cap el famós “cavall de Troia” de fa uns anys. En síntesi, sabem de què parlo i segur que totes i tots tenim diverses opinions i valoracions al respecte. No hi vull entrar directament, si més no al debat de partida sobre el joc institucional. Avui prefereixo fixar-me d’alguns efectes.

La presència a les institucions ens situa en uns escenaris que en absolut són els nostres. Jo parlo a partir de la meva experiència en comitès d’empresa i, suposo, que per qui està en un ajuntament (i no cal dir en un parlament) això encara és molt més exagerat. Un primer efecte de la institució és fer-te diferent als teus companys i companyes. Tu hi ets; ells i elles, no. Com per art de màgia (bé, de màgia ben bé, no; darrera hi ha l’estat) tens la capacitat d’accedir a informació i puntualment de prendre decisions que afecten als teus iguals que, paradoxalment, no tenen aquesta mateixa capacitat. Ja se que generalment s’argumenta que en realitat no es perd el vincle amb fora, però fàcilment les institucions acaben debilitant la nostra pertinença a un espai extern. Un espai que, en la mesura que cedeix davant una certa dinàmica de delegació de la seva activitat en qui es troba dins de la institució, perd vigor, dinamisme i autonomia.

Search For SolutionLa segona fase en aquest procés és el situar-te en escenaris que no són els nostres, i et porten a participar de debats i discussions que ni les hem volgut nosaltres ni hem tingut la capacitat de decidir-ne els termes. En el món del treball, la negociació en despatxos d’un ERO en pot ser un exemple paradigmàtic que, a més, generalment sempre acaba malament pels nostres interessos. En el món institucional se m’acudeixen les normatives del civisme, els pressupostos i un llarg etcètera. Generalment el desenllaç d’aquestes situacions sempre acaba posant a sobre la taula l’opció del “mal menor”. Una situació que no ens agrada, que som conscients de que no respon en absolut als nostres interessos però que, d’altra banda, assumim que és la menys lesiva de les alternatives que se’ns presenten. Aquí ja hi ha un dard enverinat que acostuma a passar desapercebut. Les alternatives respecte les quals aquesta opció n’és el mal menor són les que ens ofereix el joc institucional. Unes institucions que no són nostres i que, sobre el paper, quan hi entrem és per combatre-les.

Una passa més és quan s’acaba acceptant aquest mal menor. Fàcilment la institució (o l’empresa arribat el cas) ofereix algunes petites almoines que justifiquin argumentar que és millor assumir l’alternativa en qüestió que no fer-ho. I aquí els arguments basculen entre les petites contrapartides que se’ns concedeixen i les (suposadament) terribles conseqüències si prosperessin les altres possibilitats posades a sobre la taula dels debats institucionals. Durant aquest camí cada vegada ens queda més lluny la possibilitat de fer un cop de puny sobre el taulell, trencar-lo, engegar a pastar fang les fitxes i tornar a les assemblees i als nostres espais organitzats, amb els companys i companyes, a plantejar la nostra lluita. Amb el temps sembla com si, arribat el cas, fins i tot ens faci por fer-ho. O, simplement, com que la dinàmica institucional ha buidat els carrers i ha adormit els centres de treball, simplement veiem o volem veure un desert fora de les institucions.

La dinàmica del mal menor ens fa allunyar, passa a passa, d’allà on érem i d’allò que volíem continuar sent. També ens acostuma, quan som els i les que ens quedem fora de les institucions, a acceptar les regles del seu joc i a imposar la cultura de la delegació. És a dir, a mutilar també la nostra autonomia com a subjecte col·lectiu cedint als companys/es que hi participen la nostra capacitat de fer política. Ho fa de manera gradual, perquè si el procés fos sobtat, fàcilment hi hauria que de manera conscient en sortiria ràpidament i no s’hi deixaria arrossegar. I podria néixer una alternativa real. En canvi, de manera lenta però ferma el joc institucional acaba imposant l’adaptació a les seves pròpies normes i a la seva pròpia naturalesa que, com deia, respon a l’aparell de l’estat. És anàloga a la imatge de la metàfora de la granota dins de l’olla amb una aigua que poc a poc va pujant de temperatura i que es va posar de moda a l’època de les retallades. Ara, no obstant, la granota és l’autonomia d’aquells espais socials que en un determinat moment entren al joc institucional.

És obvi que això que exposo es pot dir també del sindicalisme on jo milito de fa anys. Ben cert. Vull pensar, però, que mantenim pràctiques que escapen d’aquesta camisa de força. I crec que ja fa temps que companys/es posen el tema sobre la taula i reclamen parlar-ne. Però, hi ha altres realitats on les implicacions d’aquestes dinàmiques són de molt més abast, tant per la cultura política que transmeten, de reproducció acrítica dels mecanismes institucionals, com per les conseqüències a la immensa majoria de la població. La investidura de Quim Torra, de qui m’estalvio fer cap comentari, n’és un trist exemple. Simplement, com deia, el somni institucional crea mostres. Uns monstres que no només són el 131è president de la Generalitat.

Sense títol.png

Patriarcat i nosaltres, els homes

El patriarcat existeix. És tangible, condiciona la vida del conjunt de la humanitat, mata com a mínim centenars de milers de dones a tot el món cada any i defineix unes relacions d’opressió que vertebren totes les societats humanes actuals. La seva existència la pateixen milers de milions de dones, encara que de dones n’hi hagi de classe burgesa (una minoria) i de classe treballadora (la majoria). No sé si parlar de víctimes del patriarcat, perquè la noció de víctima sovint implica veure com passiva qui ho és. A més, si algú és actiu en la lluita contra el patriarcat, són les dones. I pràcticament només les dones, tot i que els homes també molt sovint en som, d’alguna manera, de víctimes  i també executors d’altres cops.

6f9bdc99db561c6c18a0e85db0918f5b

És innegable que les dones fa molts anys van fer una passa endavant en la lluita contra l’opressió patriarcal. Sovint sota les rialles, de vegades condescendents, dels homes que, des de la comoditat del sofà o de la teorització de no sé ben bé què, ens hem quedat més aviat calladets i quietets. També és cert que, a mesura que les dones han fet de l’opressió patriarcal un problema social, que el reconeixem com a tal, alguns homes hem començat a prendre una certa consciència de ser víctimes del patriarcat. Ens hem volgut mostrar solidaris amb qui carrega el pes de la seva explotació, que són les dones. Ara bé, en general la història de la nostra resistència acaba aquí. I no és massa heroica, que diguem.

En moltes situacions flagrants d’opressió, jo sóc dels que penso que l’absència de compromís, de presa de part, et fa còmplice del poder. De qui oprimeix i explota. Opino que el silenci, la passivitat, comporta complicitat. Ni que sigui un silenci i una complicitat per comoditat. Vull pensar que la majoria dels homes no violem, i m’agradaria poder dir que de manera conscient tampoc maltractem ni oprimim les dones que anem coneixent al llarg de la vida, com a companyes, amigues, col·legues, amants, etc. Però fins i tot si no fem res d’això, també estic convençut que no ser actius com a homes en contra del patriarcat ens en fa còmplices. Perquè, per ser objectius, ens educa per capitalitzar els espais públics davant les dones, per delegar-les-hi la responsabilitat sobre els àmbits domèstics, i un llarg etcètera de coses que tots coneixem.

Per tant, no és suficient donar copets a l’esquena de les nostres companyes, amigues, etc., i reconèixer que nosaltres també ens sentim colpits pel patriarcat. És imperiós, penso, que com a homes definim també la nostra lluita en contra d’aquesta estructura de poder i dominació. I quan dic com a homes, ho dic conscientment. No hem de pretendre ser els més “feministes” ni voler ocupar els espais que les dones han construït, en gran mesura soles, de lluita. La vaga feminista del 8-M ens va donar una bona i merescuda lliçó. El nostre paper no era el de ser cares visibles, portar megàfons i pancartes, per molt que ens costés no fer-ho. Suplantar i arraconar, monopolitzar l’espai públic és, precisament, un dels rols que el patriarcat ens assigna i que hem de combatre.

Potser una primera passa que com a homes podem fer de lluita contra el patriarcat és, precisament, repensar-nos com a homes. Un repensar-nos que ens hem d’atrevir a fer-ho públicament, no només en privat. Remarco això de fer-ho públicament perquè segurament suposa negar-nos a nosaltres mateixos tal i com ens defineix, des de petits, el propi patriarcat. I això, els homes heterosexuals no ho hem fet mai, o gairebé mai. Esmento alguns exemples que, en cap cas, volen ser exhaustius. Un és la por. Els homes hem de ser segurs i evidenciar-ho. Convençuts de nosaltres mateixos i, especialment en públic, actuar com a tal. A més, hem de ser capaços de donar seguretat a les dones, a les assemblees beneint les seves opinions o en un disturbi amb la policia o… Així ho dictamina el patriarcat: sense por i amb les idees clares. Estic ben segur que els homes no som així en absolut. Tenim por, sovint ens sentim perduts i mantenim moltes inseguretats. Hem de trencar, doncs, el motllo patriarcal i atrevir-nos a no reproduir, de manera forçada i artificial, uns estereotips que ens venen imposats.

Un altre exemple. Hem d’assumir que no som el centre del món. Per començar, som tot just el 50% de la humanitat, com a molt. Hem de reconèixer que el dubte, l’autocrítica constant són una eina bàsica per avançar en tots els aspectes de la vida. Encara que es contraposin amb la seguretat (falsa) de la que parlava més amunt. De fet, l’absència de preguntes sobre el que fem i pensem bàsicament el que fa és abocar-nos al dogmatisme. Lluita contra aquests estereotips i aquestes actituds ens portarà, en espais col·lectius, a valorar molt més l’horitzontalitat, la recerca de consensos obtinguts mitjançant la construcció conjunta de propostes i el convenciment, en oposició a l’autoritarisme, la jerarquia i els lideratges.

No em vull allargar. Sabem de què parlem. Si ens hi parem a pensar, els homes que ens autodenominem llibertaris, no farem honor a allò que diem ser si no ens repensem activa i col·lectivament en contraposició els esquemes patriarcals. Hem de ser valents i fer-ho. D’altra banda, seguirem sent còmplices, ni que sigui per inacció, del patriarcat.

tshirt-brisons-les-chaines-du-patriarcat-d0012749443

Sindicalisme i legalitat: com ens plantegem la qüestió?

En el món del treball és habitual que, quan l’empresa enuncia una mesura, des del sindicalisme (em refereixo al que lluita) ens la mirem, l’analitzem i acabem preguntant-nos “Ho poden fer?”. Sovint truquem a un advocat o advocada o ens adrecem a un company/a que considerem que coneix la normativa laboral per a que ens la contestin. Si la resposta insinua o planteja que algun aspecte de la iniciativa empresarial pot contradir alguna normativa legal, anem a inspecció de treballo directament a un jutjat. Si participem en els comitès d’empresa o estem en espais de negociació amb la pròpia empresa podem fer servir el recurs de la interpretació de la norma per intentar, mitjançant l’amenaça de recórrer a accions judicials, que enretirin la mesura enunciada o que la modifiquin en un o un altre sentit. Però fins i tot si no participem del comitè d’empresa, és també força freqüent que una resposta d’aquest tipus ens porti a inspecció i al jutjat. Tot plegat, amb l’esperança de poder revertir l’actuació que vol dur a terme l’empresa i defensar així els nostres interessos. I dic “esperança” de manera plenament conscient.

medi-110601-10 (lector)

En canvi, quan la resposta a “Ho poden fer?” és afirmativa, també és força freqüent que caiguem en una espècie de desànim i fatalisme. Assumim que no tenim eines per fer front a una acció de l’empresa que entenem, i tenim clar, que ataca els nostres drets i ens preparem per a minimitzar-ne les conseqüències.  De vegades, fins i tot establim també algun tipus de diàleg amb la pròpia empresa i cerquem que ella s’avingui amb nosaltres a negociar-ne alguns serrells. Aquí, no obstant, la nostra actitud és menys desafiant i ens estem disposats a acceptar un escenari on el patró ens concedeixi alguna petita almoina. Novament amb l’”esperança”, aquest cop molt més modesta, de poder rascar alguna cosa en un tauler que sabem que ens és desfavorable i que renunciem a intentar tombar. Si l’empresa és mínimament intel·ligent, fàcilment s’avindrà a fer petites concessions perquè sap perfectament que així ens implica en el procés d’implementar la mesura que vol i, d’alguna manera, el validem. I un cop avalada pel sindicalisme, aquesta mesura implementada passa a ser una condició, una realitat, ja acceptada. Normalitzada.

La pregunta “Ho poden fer?” reflecteix diverses coses i d’una gran importància. Per una banda, ens mostra que acceptem com a marc de referència la legalitat vigent. El corpus de normatives, decrets i lleis que ha dictat un estat, a través de les diverses administracions, que des del sindicalisme combatiu i en concret l’anarcosindicalisme entenem que no és en absolut amic nostre. Al contrari, el sabem oposat a nosaltres i intuïm que la seva funció és enfortir i legislar a favor dels nostres enemics de classe. Per una altra, el mateix sentit de la pregunta indica que renunciem a ser nosaltres qui donem una resposta que, en canvi, fiem a tercers. És la “llei”, és a dir, els/les inspectors/es, jutges, àrbitres, etc. qui resol la qüestió. En la mesura en que els i les treballadores no tenim a penes capacitat per incidir en una legislació cada vegada més restrictiva en matèria laboral i de drets civils, a la pràctica significa renunciar a la nostra capacitat d’actuació col·lectiva.

Segur que es pot dir que la imatge que estic presentant és excessivament simplista, i amb certa raó. Però és igualment cert que molts locals sindicals quan reben més afluència és el dia que passa visita un jurista. I també és veritat que moltes de les victòries que expliquem i reivindiquem els sindicats són victòries jurídiques. Victòries que depenen de la bona capacitat tècnica del company/a advocat/da que l’aconsegueix, de l’oportunitat de la seva acció i, sobretot, del que diuen unes lleis que les promulguen els mateixos parlaments que aproven les reformes laborals, les lleis “mordasses”, de desnonaments exprés, d’estrangeria, etc. Amb tot, tenim també altres victòries.

Per sort, també hi ha exemples on, quan un empresari anuncia una determinada mesura que ens afecta, la resposta la plantegem d’una altra manera: amb una pregunta del tipus “Deixarem que la faci?”. Pràcticament canviem només un verb respecte la manera anterior de formular la qüestió, però aquesta modificació comporta un canvi radical en la manera de definir el problema i la seva solució. Per començar, situa el focus en nosaltres, en la secció sindical, en el sindicat, en la nostra capacitat d’organització i d’acció col·lectiva. Esbossem que serem nosaltres, i no l’empresa o una administració depenent de l’estat, qui decidirà si volem acceptar el que planteja l’empresari, quins són els aspectes innegociables i quin és el llindar d’allò que seria assumible. I, per tant, si som nosaltres qui hem de construir la resposta, promou la nostra acció col·lectiva fruit del nostre propi grau d’organització.

Això obre un altre aspecte, el que té a veure amb la nostra capacitat d’acció. En la primera pregunta, l’acció es traduïa en una actuació eminentment jurídica o, si m’apureu, administrativa. Fins i tot, en la relació amb l’empresa, es recorria a la norma, per exemple el dret a consulta, a emetre un informe, etc. i als terminis que puguin dictar en cada cas la legislació vigent. Ara, en canvi, aquesta capacitat ens la reconeixem a nosaltres: en la nostra organització, en els debats i a les preses de decisió col·lectives, sobre què acceptem i què no, sobre com responem i amb quines eines i en les accions que en derivem en cada moment. És aquí quan ens empoderem com a sindicat i utilitzem les eines que tradicionalment hem tingut la classe treballadora per a lluitar: les vagues, les manifestacions, els bloquejos,… en definitiva, l’acció directa per alterar la quotidianitat. Fins i tot en aquest context també podem fer servir mecanismes legals en determinats moments. Però, a diferència del cas plantejat primer, ho fem en funció de com nosaltres mateixos/es hem definit un pla de lluita i, per tant, som precisament nosaltres qui protagonitzem el procés.

Fórmules úniques per passar de la primera modalitat de resposta a la segona no n’hi ha. Suposo que cada lloc, a cada feina i en cada cas cal avaluar les condicions en les que ens movem per definir la nostra capacitat d’acció. No obstant, sí que crec que hi ha tres elements que són necessaris arreu: l’organització, la democràcia directa (assemblea) i l’acció directa. De fet, són eines tradicionals de la lluita obrera des de fa molt i molt temps. El que cal ara és acabar d’alliberar el sindicalisme del miratge institucional que, ens agradi o no, el règim del 78 va introduir. Sense deixar de banda (necessàriament) tots els mecanismes legals existents actualment, des de les lleis als comitès d’empresa, és imprescindible situar en el centre la nostra capacitat d’acció i d’organització. Per definir en cada moment què volem i què farem. I, aquí, la llei deixa de ser el marc que defineix si té o no té sentit plantejar una exigència. Trenquem doncs la dictadura de la legalitat i passem un escenari que, en canvi, passa a ser directament el resultat de la nostra força. En definitiva, de nosaltres mateixos. Pensem què volem, quina força tenim i quins són els millors mitjans per aconseguir-ho. Recuperem, doncs, l’acció sindical entesa com una eina d’ofensiva per realitzar els nostres interessos, de conquesta de drets. A partir de nosaltres, en funció de nosaltres i en base les nostres mans. I ja veurem com encaixa tot plegat en la legalitat.

fnac

La CGT (també) encausada en el cas “27 i més”

Com sabeu, soc una més de les persones encausades dins del cas “27 i més”. Una més, com les altres 26 restants. Com cadascuna de nosaltres, hi ha motius que fan que estem en aquesta llista de persones que, amb noms i cognoms, van denunciar membres de l’anterior rectorat de la UAB fent ús del seu càrrec institucional. En cap dels casos s’individualitza la nostra relació amb els fets que fan que el fiscal ens demani més d’onze anys de presó per a cadascú de nosaltres. Simplement, de nosaltres, es diu que érem (o som) de la CAF (Coordinadora d’assemblees de facultat), el SEPC (Sindicat d’estudiants dels Països Catalans) o la CGT, com en el meu cas. Però darrera hi ha altres motius. Nosaltres ho sabem com ho tenia molt clar qui ens va denunciar en el marc de la cacera de bruixes van promoure aquell 2013.

img_0221

En el meu cas, a ningú se li escapa que soc afiliat a la Confederació General del Treball, la CGT. A la Universitat Autònoma de Barcelona des de finals del 2006 he desenvolupat activament tasques de lluita sindical, tant dins del Comitè d’empresa com a peu d’aula, d’assemblees, vagues i mobilitzacions diverses. Fent sindicalisme allà on realment es fa sindicalisme, fora dels comitès i en contacte directe amb els i les treballadors/es, la CGT a la UAB ha anat creixent els darrers 10 anys. A l’inici de les retallades del govern Mas – Mas Colell, que amagaven privatitzacions i negocis milionaris amb un dret social com és el de l’educació, des de la CGT vam denunciar tot el procés. Denunciar-lo traient a la llum interessos ocults d’alguns membres d’alt nivell de les universitats i, sobretot, organitzant espais de conflicte per fer-hi front.

Van ser temps d’assemblees, de debats, de manifestacions, de vagues, d’iniciatives diverses. Reprenent les experiències de les lluites contra el Pla Bolonya, vam construir espais de lluita on les fronteres estamentals a les universitats es diluïen. Vam fer saltar pels aires la jerarquia professor/a – estudiant, i vam posar en pràctica un caminar colze a colze professorat, estudiants i la resta de treballadors/es de les universitats. En plànol d’igualtat, subvertint també l’increment de l’autoritarisme que s’estava estenent pel món acadèmic. Van fer acció directa per evitar centenars d’acomiadaments i vam atrevir-nos a intentar que un afiliat nostre fos rector de la UAB. De fet, vam guanyar les eleccions amb un 79% dels vots, però vam perdre perquè el professorat de més amunt, el que gairebé sempre ha manat i que veu en la privatització de les universitats una oportunitat de negoci privat, va voler que perdéssim (i el seu vot val molt més que el de la resta, gràcies a la LOU del J M. Aznar).

Des de la CGT vam aconseguir, també, treure a la llum aquests negocis. Mostrar com el nostre rector d’aleshores hi estava implicat, tant ells com molts del apologètics de les privatitzacions i de la guerra contra els drets dels treballadors/es, amb Mas-Colell al capdavant a Catalunya. Negocis privats, sobresous i vincles amb empreses privades van començar a ser temes recurrents en converses a la UAB. En definitiva, vam alçar la veu i vam ser un dels referents d’unes comunitats universitàries que van decidir no tancar els ulls davant d’una de les pitjors agressions contra l’educació dels darrers anys. Especialment a la UAB.

D’aquí que el meu nom formés part de la llista de 27 noms que l’antic rectorat de la UAB va lliurar a la policia. Una més de les 27 històries que hi ha al darrera d’aquesta llista. Totes elles de lluita i dignitat. En el meu cas, és l’acció sindical de la CGT la denunciada. I van fer servir la cacera de bruixes, la repressió de la més pura vella escola, per intentar robar-nos la paraula i la força. Qui ho va fer, no obstant, potser no va calcular que, darrera la secció sindical de la UAB, hi havia tota la Confederació General del Treball. Perquè un sindicat és unió, és suport mutu i solidaritat i, sobretot, és lluita. I aquests dies, també en aquest assumpte, ho estem mostrant.

Cerca i captura

Ja fa temps que la dignitat rebel viu en un estat permanent de cerca i captura. Des dels empresonaments de les vagues generals, a les reixes contra la música, contra qui defensa la terra i els barris com a lloc per viure i no per especular-hi, …. contra tantes i tants i tantes raons que no caben en un post que vol ser breu.

Algú avui pot pensar que ara m’ha tocat també a mi. Però no és ben bé cert. Les ordres de cerca i captura contra altres companyes i companys del cas 27 i més també eren contra mi, i contra totes i tots nosaltres. La persecució política contra sindicalistes (recordo encara la presó de tantes per la vaga general del 29M del 2012, entre elles la companya Laura) també ens empresonava una mica a tots i totes. El dret penal de l’enemic, cada vegada més normalitzat i que empresona cantants de rap i independentistes, també ens ataca a nosaltres. De la mateixa manera que la persecució de l’anarquisme amb les operacions policials degudament televisades Pinyata i Pandora ens feien, a totes i tots, més vulnerables davant els abusos de l’Estat.

La dignitat rebel viu en cerca i captura des de fa temps. Però nosaltres rebutgem normalitzar-ho. Seguim indignant-nos. Seguim notant com se’ns posa la pell de gallina a cada nou cas. Perquè estem vius. Vius i vives. I davant de cada envit d’aquest estat que cada vegada es destapa més com el que és, nosaltres ens enfortim responent, amb dignitat i la cara ben alta. Ja fa temps que hem superat els temps de seguir com baules els camins de la repressió. Ara, nosaltres, ens afirmem sent nosaltres, desobeint i sent, precisament, un jo plural.

GAT_IWW